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Blog Personal de Itxu Díaz

El grosor de la brocha

La gran batalla del escritor de canciones es salvar su sensibilidad. De su capacidad para conservar la inocencia, la capacidad de plasmar la belleza adquirida, o la agudeza al percibir el mundo, depende el fruto de su trabajo. Hoy esta tarea es más difícil que nunca. Y los resultados están ahí, en las canciones. Afronto hoy una cuestión compleja, de más profundidad y extensión de la habitual en esta Costa. No es casualidad. Las circunstancias obligan. Por eso creo que merece la pena afrontarlo, pidiendo disculpas previas por las posibles generalizaciones, que pueden ser injustas.

En el gran siglo de las comunicaciones, y con el relativismo haciendo que el arte sea sólo un cajón desastre donde cualquier basura es equiparable a las mejores obras de la Historia, ya nada puede sorprendernos. Hemos visto casi todos los horrores del mundo a través del televisor, o de la pantalla del ordenador. Nos hemos emborrachado de belleza, de mundo, de amor, y de arte, pero también de basura, de sangre, de contaminación intelectual, y de estupidez. Sofocados por el aluvión de estímulos de la era digital, creemos haberlo sentido todo y, en cambio, hemos olvidado precisamente sentirlo. Engullimos el mundo sin masticar y puede que el mundo nos invada y nos posea, pero nosotros a él no, porque no hemos podido asimilarlo. Los artistas no viven al margen de esta epidemia que merma el sentimiento y la razón de la sociedad más comunicada, y paradójicamente más aislada, de la historia.

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